Reflexión de un familiar “El duelo tras una muerte por suicidio”

Él era mi papá. 

Pueden preguntarle cómo era a cualquiera que lo conocía: amable, atento, muchas veces nos decía que tenía muchas ganas de vivir, ayudaba a las personas, trabajaba mucho e incluso era muy bromista y casi siempre de buen humor. Pero sí, así se ve la cara de un suicida y como lo diría la esposa de Chester Bennington, “los pensamientos suicidas estaban ahí, pero no lo sabíamos”.

Puedo decirles que la carga de la palabra suicidio es muy pesada, tiene mucho tabú, enojo, duda y sobre todo culpa: ¿Por qué no lo vi? ¿Por qué no hice algo más? ¿Habré hecho algo que lo detonó? ¿Por qué no fui suficiente razón para que se quedara? Preguntas que aunque pase mucho tiempo, seguirán sin responderse.

Cada vez que se habla del suicidio, las personas intentan juzgarlo desde su aprendizaje, todo menos desde la empatía; porque podríamos decir que estamos “preparados” para ayudar a un amigo que tenga esos pensamientos, y podremos compartir la cadena –con información falsa– para una crisis y asegurar de poner nuestro hombro. Sin embargo, cuando nos vemos inmersos y sobrepasados por el tema, inconscientemente respondemos con un “mejórate“, un “no es para tanto“, o un “échale ganas, hay muchas cosas por vivir” minimizando e invalidando lo que esa persona nos está diciendo. Pero no, no estoy diciendo que deberíamos ser Batman para salvar a los demás de sus emociones, eso a nosotros no nos toca y para eso hay especialistas, sólo lo que trato de decir es que nos toca ser empáticos, escuchar, sin juzgar y sin responder palabras vacías.

En estos últimos días he tenido mucha reflexión acerca de esto, más por lo vacías que veo a las palabras en redes sociales; y toda esta reflexión la acompaña un libro sobre el suicidio que se aloja en mi mesita de noche (desde hace unos meses) que no he querido abrir pues conscientemente he estado evadiendo porque duele. Duele por todos esos supuestos futuros que en algún momento soñé compartirle a mi papá: el trabajar en la industria de la música, el ir a comer a un lugar muy rico que me recordase a él, cosas banales como comprar una casa o incluso ahorita que mi novia y yo nos compramos un coche (algo que él no aprobaría muy bien). Eso quizá es lo que más duele, no poder compartir con él todos esos logros que gracias a sus enseñanzas algún día de mi futuro cuando llegue ahí, quisiera contarle y escuchar quizá un, “yo sabía que te estaba educando bien”, seguido de un gran abrazo; sin contar todas las demás cosas como hablarle para que me diga cómo conectar la luz, escuchar algún consejo de él o escucharlo silbar esos boleros tan bonitos que me enseñó.

¿Cómo explicar que nada de eso podré tenerlo y no por que fuese un accidente, le haya pasado una muerte natural o así lo quisiera la vida? Fue decisión de él; y cada vez que me preguntan, ¿de qué murió?, cargar con ese peso en el habla al decir que se suicidó (por mil circunstancias que también incluye a la pandemia, covid, sus enfermedades y todas las razones que son multifactoriales en un suicidio) pero al final se suicidó. ¿Cómo lidiar incluso con la vergüenza, el miedo, el rechazo y más que nada, el “échale ganas” de los demás?.

Este duelo lo puedo categorizar diferente, porque las primeras dos etapas, en especial la segunda -la ira- es la más difícil y no terminas de enojarte y preguntar ¿por qué, por qué?, incluso cada vez que otros te piden las razones también está esa pregunta “¿por qué, si era muy feliz?, ¿por qué, si se veía sonriente todo el tiempo?, ¿por qué, si se veía que amaba la vida? Y pues sí, también me sigo preguntando ¿por qué?.

Puedo decir que en este momento ya estoy pasando a una Negociación y me fue muy difícil hacerlo, pero ya entiendo que esa fue su decisión y que no tenía que ver conmigo ni con mi familia; también entiendo que todas esas alertas rojas no las pude haber visto por más que estuvieran enfrente de mi, pero lo que sí puedo hacer ahora, es contar que mi papá se suicidó, y quitar el tabú que existe al hablar de emociones, al hablar de la salud mental y ser muy vocal sobre el tema.

La decisión de mi papá vino a quebrar todo el mundo para mi y mi familia, y aunque sigamos en esa montaña rusa de emociones estilo Batman The Ride; hablar del tema con mis amigos cercanos, no invisibilizar el suicidio, no estigmatizarlo, recordar que el dolor sólo es una etapa, hablar, hablar y elaborar (con ayuda de un psicólogo), es una parte del proceso que ayudará a atravesarlo de una forma menos tortuosa. Pero sí, nada podría ser así, si no fuera por las redes de apoyo que he creado a partir de esto, y quiero que sepas si lo estás leyendo, y tienes a alguien cercano que también se suicidó, que buscar ayuda profesional sin pena o vergüenza es lo mejor que puedes hacer para ayudarte a ti en este momento. No lo apresures, no trates de bloquearlo, no te obligues a sentirte bien en este momento, y aunque duela, aunque aún hayan muchas dudas, es por el que tienes que estar pasando, porque pronto dejará de doler y podrás recordarle sin el peso de la palabra.

Quiero cerrar con algo que alguna vez mi padrino me dijo: “las personas no mueren, las personas están ahí, en cada aprendizaje, en cada canción, en cada platillo, en cada recuerdo, en cada risa y en cada fibra de lo que ahora eres.”

No quiero irme sin recomendar que el acompañamiento psicológico profesional siempre es la mejor opción, busca ayuda si tienes esos pensamientos o si has pasado por el suicidio de un familiar o alguien cercano; así como decirte que si conoces a alguien con pensamientos suicidas, siempre recuerdes que no eres su salvador, pero sí aquel que puede escucharlo desde la empatía y ayudarlo a encontrar la ayuda profesional que necesite.

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Reflexión de un familiar “El duelo tras una muerte por suicidio” - 09 Sep



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